miércoles, 23 de julio de 2008

Cuento, segunda parte

De todos modos casi todos los días se reprochaba el tiempo que se perdía de estar con sus hijas. A veces eso lo ponía muy triste. Fue por esa sensación de culpa que un día decidió ir a un psicólogo. El licenciado Marrapodi le era de mucha ayuda, acudía a él una vez por semana al principio y luego acordaron verse dos veces. Allí podía desahogarse, sentirse más “liviano” decía él.

Aquella mañana-como todas- no había sucedido nada esplendoroso, nada fuera de lo común. De pronto, mientras realizaba sus tareas cotidianas fue interrumpido por Florencia, su asistente, secretaria y a veces confidente para decirle que había una persona que quería verlo a pesar de no tener una cita acordada – el señor Justo Podestá era alguien muy solicitado con lo cual todo aquel que quisiera verlo o tener un contacto con él antes debería pasar por la agenda. Justo preguntó cómo se llamaba la persona que lo solicitaba y Florencia contestó “Olivia Ridolfi”. A Justo se le cortó la respiración, su corazón se paralizó por un instante, un fuerte escozor le recorrió la espalda. Pidió un vaso de agua y ordenó que le permitieran pasar. Trató de peinarse con sus dedos y se acomodó la corbata lo más rápido y mejor que pudo. Escuchó la puerta que se abría. Y ahí estaba. Hermosa, radiante. Tenía el cabello oscuro del color de la madera de los cedros y los ojos verdes como el mar del Caribe, seguía teniendo unas simpáticas pecas sobre la nariz, su boca era muy roja, tal vez llevaba un poco de maquillaje, pero sólo en los labios, el resto de su cara estaba al descubierto. Estaba igual que hacía veintiocho años, con algunas marcas de la vida, pero igualmente bella, lo único que había cambiado era el brillo de sus ojos. Ya no estaban tintineantes como en la adolescencia. A Justo se le pasaron miles de cosas por la cabeza en un segundo hasta que Olivia rompió el silencio.

-Tal vez te parezca extraña mi presencia, pero estaba en la ciudad y decidí venir a verte- dijo casi con vergüenza.

- En realidad sí me parece extraño que vengas, pero tengo que confesarte que me hace muy feliz verte.

Se abrazaron muy fuerte. Él se sintió feliz. Ella se sintió a salvo.

Olivia había hecho el secundario con Justo. Eran los mejores amigos, casi hermanos, o como decía ella su hermano del corazón. Ella siempre había soñado con ser una estrella de cine, estar entre glamour y los flashes. Muchas veces le contaba a su amigo sus fantasías y proyectos, Justo no les daba importancia, pero le gustaba verla y escucharla mientras fantaseaba. La mamá de Olivia había fallecido cuando ella era muy pequeña y vivía junto a su padre, un hombre muy rígido y estricto, miembro de la Armada Argentina. Él trataba de robarle sus sueños. Un día, cuando Olivia tenía quince años se enteró de una audición para una comedia musical. Como sabía que su padre no le daría permiso para ir mintió y dijo que iría a estudiar a casa de Justo. Su padre lo aceptaría ya que Justo era su candidato perfecto, él pertenecía a una buena familia, familia de profesionales. Luego de unas horas llamó a la casa de Justo para ubicarla y al notar que no estaba comenzó a gritar y a revolver todas las cosas de Olivia hasta que encontró la dirección de la audición. Fue lo más rápido que pudo. Cuando entró Olivia quedó pálida, la agarró bruscamente del brazo y entre llantos y gritos se la llevó. Nadie supo nada de Olivia por una semana, ni asistió a clase, ni atendía llamados. Ni siquiera a justo le había contado lo que había sucedido en aquella habitación esa noche. Los vecinos decían que se habían escuchado ruidos fuertes y gritos, pero nadie sabía qué era lo que había sucedido. La vida de Olivia no había sido muy fácil, ni bien terminó el colegio comenzó a trabajar en bares donde conoció a Jano, un hombre que la invitó a trabajar como bailarina en boliches nocturnos diciéndole que muchas otras chicas lo hacían y que ganaría mucho dinero y que además podría conocer gente para hacer carrera en el rubro del espectáculo. Olivia aceptó. Poco tiempo después se fue de su casa, su padre la echó. A partir de ahí Justo no supo más nada de ella. Su paso por la noche de Buenos Aires fue corto, rápidamente se la llevaron a Méjico con la excusa de una comedia musical. Olivia nuevamente aceptó. Al llegar el panorama no era el mismo que le habían descripto en Argentina. No había comedia, ni teatro, en cambio si había baile. Baile entre tequilas y mejicanos hambrientos de mujeres hermosas. Noche tras noche lloraba sin recibir consuelo alguno. Así se pasó todo un año hasta que consiguió el dinero para ir ilegalmente a los Estados Unidos. Su viaje hasta la frontera no fue fácil y a menudo encontraba nuevos mejicanos hambrientos. Olivia no era la misma, alguien le había robado la inocencia. Sus ojos ya no brillaban, su sonrisa ya no era plena. Una vez en Estados Unidos trabajó como mesera en varios bares hasta que llegó a Hollywood con la esperanza de completar su sueño. A cambio recibió un nuevo trabajo como mesera, poco tiempo después una deportación y un regreso inesperado a la Argentina.

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